La mayoría de la gente que llega a mi consulta no come mal. Come razonablemente bien y aun así está hinchada, cansada y con la sensación de que su cuerpo se ha vuelto en su contra.
Casi siempre pasa lo mismo: hay una inflamación de bajo grado instalada desde hace años y un sistema nervioso que lleva demasiado tiempo en guardia. Y las dos cosas se alimentan la una a la otra. Un intestino inflamado manda señales de alarma al cerebro las veinticuatro horas; un cerebro en alarma cierra la digestión, sube el cortisol y desordena las hormonas. Puedes hacer la mejor lista de la compra del mundo: si esa rueda sigue girando, no se sostiene.
La comida es la palanca más rápida que tienes. Pero solo funciona si el cuerpo se siente lo bastante seguro como para usarla.
Por eso en consulta no empezamos por lo que quitamos, sino por lo que le falta a tu cuerpo para dejar de estar en modo emergencia: comer suficiente, comer despacio, comer completo, dormir, y bajarle el volumen al sistema nervioso.